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jueves, 19 de agosto de 2021

Una primera sesión

Una calurosa tarde de 2017, en el pueblo de Barros Arana, preparaba el escenario para una de las experiencias más memorables que viví en los inicios de mi trabajo como psicólogo clínico. Mi primera sesión. 

En marzo me encontraba iniciando la práctica profesional en el área de salud mental. En una de mis primeras tareas, acompañé al equipo psicosocial del consultorio local a realizar una ronda de visitas domiciliarias de rutina, dirigidas a mujeres que recibían controles clínicos con regularidad. Uno de los casos me llamó particularmente la atención, era una mujer de mediana edad, quien con angustia manifestó la necesidad que tenía de recibir apoyo psicológico por los problemas que estaba atravesando. 

Comenzó afirmando que hacía 15 años que consumía sertralina, un medicamento antidepresivo para controlar los síntomas de la depresión y otros psicofármacos con el mismo fin. Más aún, hace veinte años que llevaba diagnosticada de depresión; su discurso era coherente con esta idea, pues ella se refería a sí misma mientras explicaba sus problemas con un trato peyorativo: "soy depresiva desde siempre", "no sirvo para nada", "cargo con mucho sufrimiento siempre". Entre varias de sus quejas, mencionó los problemas graves que tenía en la relación con su familia, y los propios personales, asociados a experiencias agobiantes de su infancia y juventud.

Barros Arana es un pequeño pueblo ubicado en la depresión intermedia de la Región de La Araucanía, en Chile. Todavía hoy, este lugar mantiene muchas tradiciones típicas de la ruralidad mapuche y criolla de principios de siglo XX.
Decidí que atendería personalmente a esta mujer, tenía el propósito de conocer su caso y llevarle a elaborar soluciones concretas, me rehusaba a pensar que fuera posible que alguien se mantenga depresivo durante veinte años, nadie está triste y angustiado las 24 horas del día ¿Cómo podía hacerlo ella durante veinte años? Esta pregunta me generaba tanta curiosidad como indignación.

Al contestar mi llamada, la Sra. accedió con gran entusiasmo para recibir atención psicológica, le propuse reunirnos semanalmente para llevar a cabo el tratamiento, también le indiqué que las sesiones podían extenderse hasta una hora, siempre y cuando ella no necesitase más tiempo.

En ese entonces, contaba con la teoría acumulada por el largo tramo de los años de estudio universitario, pero tenía poca experiencia práctica. Para paliar esta escasez preparaba cada sesión que tendría con la persona como si fuera a rendir un examen. Recuerdo que la noche previa a mi primera reunión con ella, entre gallos y medianoche, estudié una guía de apuntes sobre las conversaciones con dos psicólogos que, por ese entonces, me asesoraban en la práctica clínica. De uno de ellos, recibí particular influencia para trabajar desde la Terapia Breve Centrada en Soluciones; estaba decidido a orientar el trabajo desde ese enfoque.

A la primera sesión la Sra. asistió con puntualidad. Después de presentarnos, tuvimos una conversación distendida del por qué le invité a trabajar conmigo, lo que nos llevó naturalmente a hablar sobre sus problemas. Intenté no ahondar demasiado en los aspectos dolorosos, prioricé la detección de información relevante para formularme una idea general sobre la situación, conectar variables y comprender el problema. Ella afirmó que el principal de los motivos por el que necesitaba ayuda era la relación con uno de sus familiares, con quien no soportaba convivir. Los primeros 20 a 30 minutos de la sesión los dedicamos exclusivamente a tratar el problema: la Sra. ocupó gran parte de ese tiempo en describir las aprensiones que tenía hacia este familiar "problemático".

Debido a diferentes problemas familiares y desencuentros, la Sra. alega que su familiar la ha culpado, desde entonces, por los problemas con que carga. De ahí que expresa que ambos son incompatibles, menciona que no sabe cómo tratarlo y que con el tiempo, este problema se ha acentuado. 


La gran mayoría de la población en Barros Arana se dedica a la agricultura, ganadería y silvicultura. Por lo que muchos de sus habitantes, especialmente varones, viajan a otras comunas para trabajar y generar ingresos. 
Luego de haber profundizado en sus peliagudas relaciones familiares, le consulté por su vida personal. Resultó que se encontraba casada desde hace varias décadas. Indagué por su cónyuge y señaló que mantienen un trato cordial, pero no cercano.

Entonces me explicó las consecuencias que todos los problemas mencionados tenían en su vida. Agregó que se sentía muy frustrada, deprimida, angustiada y cansada, física y mentalmente, porque todos los días discutía con aquel familiar.

Quise hacerme una idea del motivo por el que la Sra. requería ayuda, y a priori, estaba claro que, al menos, parte del problema estaba en la configuración de su familia. Intenté llevarnos a conversar por otro rumbo, hacia la búsqueda de situaciones distintas, me preguntaba si ella podía reconocer circunstancias diferentes, situaciones en que el cariño y la comprensión entre ella y los demás hubiesen prevalecido. 

Le pregunté por situaciones en que sus sentimientos fueran distintos, ¿Cuándo se sentía feliz? ¿Acaso nunca antes había experimentado placer, alegría?

Esta ronda de preguntas la desconcertó. Una expresión de incredulidad, como si no supiera si lo preguntaba en serio o en broma llenó su rostro. Al parecer no estaba acostumbrada a que se dedicase tiempo e interés a situaciones en que su estado de animo era positivo. Entonces, respondió que obvio que sí, que a veces sí puede estar bien consigo misma. Al principio, por resistencia natural, no parecía muy convencida, pero luego de unos minutos todo cambió. Inmediatamente comencé a buscar esos momentos pequeños en que todo parecía ser diferente: ¿Qué ocurría? ¿Cuándo? ¿Quiénes estaban con ella? De sopetón, la Sra. se transformó, su semblante se iluminó mientras respondía una a una las preguntas. Estaba claro que ahora las emociones positivas la habían embargado. Sus ojos brillaban cuando mencionaba a sus personas queridas, los juegos y actividades que realizan juntos y lo mucho que los quiere. También con los momentos en que su familiar, fue más cercano con ella, antes de que todos los conflictos ocurrieran. 

También había momentos agradables en que la Sra. podía relajarse, sentirse a gusto consigo misma. Incluso resaltó que había ocasiones en que era posible llevarse bien con su familiar. Y mientras conversábamos sobre los detalles de estas experiencias positivas, noté que yo mismo me sentía cómodo y contento, sin darme cuenta, a través de la conversación, la atmosfera de mi relación con mi entrevistada de pronto se había tornado sosegada y apacible. 

Ya estábamos pasando la hora de conversación, cuando me aboqué a hacer el cierre de la sesión. Tras sacar breves conclusiones compartidas sobre lo conversado, prescribí una tarea que suele ser profundamente beneficiosa en las primeras sesiones. Le pedí que consiguiera una agenda, y que en ella escribiera todas las cosas buenas, propias o externas, que le ocurrieran durante la semana, ya que se hablaría sobre ellas más adelante. Me preocupé de describir con suma meticulosidad cada uno de los detalles de la tarea, para que pudiera entenderlos a la perfección. La sesión no finalizó hasta que estuvo segura de cómo realizarla.

Uno de los beneficios que tenía la vida pueblerina es que para los residentes de Barros Arana no había trayecto al consultorio que fuera largo; la Sra. vivía a cuatro cuadras y nunca faltó a las sesiones. En los primeros encuentros tratábamos los problemas que surgían semana a semana, y no había aspavientos, eventualmente había conflictos familiares graves. Sin embargo, en cada sesión, había un punto de inflexión en donde el panorama se tornaba más optimista; las tareas y ejercicios que practicamos eran el cultivo perfecto para que, luego de una temporada, llegase el tiempo de cosechar los frutos del trabajo terapéutico. Y así fue. Luego de siete a ocho sesiones, los problemas dejaron de ser protagonistas, había varios matices, hasta que en un momento, la cantidad de cambios que la Sra. experimentaba en su vida habían incrementado tanto que eran difíciles de distinguir. El malestar físico se había reducido a una mínima expresión, el sueño era reparador, su relación con su familia era mucho más saludable y reconfortante. En los controles médicos siguientes, manifestó que deseaba abandonar el consumo de psicofármacos; ante la evidente mejoría el médico aceptó. 


La historia narrada es real, se cambiaron los nombres de las personas involucradas para proteger su intimidad y respetar la confidencialidad del proceso. La protagonista accedió voluntariamente a que se divulgara el relato.